Aquí sabemos de política

En estos días tan difíciles que nos ha tocado vivir, decidí escribir sobre la frustración que estoy sintiendo. Pido disculpas si esta nota carece de esperanza: aquí van a leer la rabia que siente un joven de 22 años en Venezuela.

En Venezuela, a todos los que nos dedicamos al activismo político, nos llega el momento de despertar día a día agradeciendo a Dios por no estar en una tumba del SEBIN o peor... En una tumba del cementerio local.

No puede ser que la solución para mi generación sea buscar un mejor futuro fuera de nuestras fronteras. Me indigna haber estudiado desde preescolar hasta hoy que estudio en la Universidad del Zulia para que me digan que si quiero ser “alguien” debo irme a otro país.

Es inexplicable que hoy prefiramos “hablar bajito” para que no se entere la dictadura de las quejas que como ciudadanos tenemos, mientras nuestros niños lloran de hambre a gritos cada madrugada.

Me niego a aceptar que esta sea la realidad de mi Venezuela. Que sean otros los que cuenten las historias desde afuera, pero mi decisión es firme: luchar hasta las últimas instancias, porque de esta tierra soy dueño y esclavo, a estas riberas sirvo como fiel creyente en cada una de ellas. Nací para servirle a Venezuela.

Luego de escribir por horas, no logré encontrar las palabras correctas para describir cómo me siento, y es que no me cabe tanto dolor en el cuerpo al ver como mueren mis hermanos en una pandemia desatendida sin que nadie exija sus derechos por el miedo a morir en las manos más despiadadas que alguna vez maltrataron al pueblo venezolano.

No se si ya olvidamos que somos los hijos de Bolívar, Miranda, Paez, Urdaneta, Sucre, Manuelita Saéz y José Félix Ribas... Somos los hermanos de Neomar Lander, Bassil Da Costa, Juan Pablo Pernalete y cada libertador que dio su vida luchando por una Venezuela libre. ¿Se nos olvida su valentía? Como mínimo, hoy debemos hacer honor a aquellos sacrificios históricos que la República nos ha pedido enfrentar.

Por eso, hoy me lleno de gallardía entre letras y pido que despierte el padre de familia que no tiene un trabajo estable y salga a luchar para volver a un país con salario digno, pido que despierte el hijo que está viendo a sus padres morir de mengua en la mayor miseria del continente y exija un país de oportunidades, pido que despierte el estudiante que hoy está perdiendo los años más valiosos de su vida en un sistema educativo totalmente destruido y alce la voz por su casa de estudios, pido que despierte la joven abusada a la que los cuerpos de seguridad no le prestaron atención porque su denuncia era contra un “intocable” del régimen y le diga al mundo en las calles que tienen que ser respetados sus derechos.

Hoy, quiero que despierten las barriadas, las urbanizaciones, los conjuntos residenciales, los liceos, las ONG, los partidos políticos y toda Venezuela porque es hora de darnos cuenta que el problema no afecta a un solo sector, es un problema que nos afecta a todos por igual sin importar que tan grande sea la burbuja en que vivimos, ya que el alfiler de la dictadura tarde o temprano también la estallará.

Y les digo esto hoy porque no sé si mañana podré estar escribiendo. Porque aunque me expreso, y quizás puedan leerme, no me siento libre. Por el contrario, considero esto como uno de los tantos actos de rebeldía necesarios para cambiar nuestro día a día.

Expresar lo que pensamos y sentimos en Venezuela se ha convertido en algo tan peligroso que muchas veces nos lleva a la autocensura. Pensemos hoy qué pasará mañana, donde estaremos, y que sucederá si no despertamos ahora.

Para finalizar, quiero decirles que Venezuela es un sueño como lo fue Roma, como lo fue Estados Unidos y hoy nos toca salir a construirlo. Solo así, quizás mañana ya no la estaremos soñando y pasaremos a vivirla en la realidad.

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